¿Un año en el infierno?

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Hay cosas que uno sabe que pueden ocurrir, pero que se resiste incluso a imaginar. Durante años, el zaragocismo convivió con el miedo al descenso, con temporadas mediocres, con proyectos que nacían muertos y con esa peligrosa costumbre de mirar hacia abajo en la clasificación. Pero había una frontera que parecía imposible de cruzar. El Real Zaragoza, uno de los grandes históricos del fútbol español, fuera del fútbol profesional.

Ya no es una pesadilla. Es la realidad.

El descenso a Primera Federación culmina una década desastrosa. Probablemente, la peor década de la historia del club. Diez años en los que el Real Zaragoza ha ido empequeñeciéndose poco a poco, perdiendo relevancia deportiva, capacidad económica y, sobre todo, la sensación de pertenecer a un lugar que durante generaciones pareció suyo por derecho propio.

Se puede discutir sobre entrenadores, directores deportivos, futbolistas o decisiones concretas. Se pueden buscar culpables en cada temporada. Pero cuando el fracaso se prolonga durante tantos años deja de ser una sucesión de accidentes. Se convierte en un problema estructural.

La anterior propiedad tuvo una responsabilidad evidente. Mientras alrededor del club crecían proyectos, operaciones y expectativas vinculadas al nuevo estadio y al negocio que inevitablemente acompaña a una infraestructura de esa dimensión, el fútbol parecía ocupar demasiadas veces un lugar secundario. Y un club de fútbol que deja de poner el fútbol en el centro acaba pagando las consecuencias.

La falta de previsión fue haciendo el resto. Se estiró la cuerda temporada tras temporada confiando en que siempre habría una última jornada, un fichaje de enero, un entrenador nuevo o un golpe de suerte capaz de evitar la catástrofe. Hasta que un día ya no hubo red.

Y el Zaragoza cayó.

Ahora comienza otra etapa. Una nueva propiedad, nuevos responsables y un discurso diferente. Pero algunas de las primeras palabras que llegan desde la dirección del club obligan a mantener los pies en el suelo. Se habla, con lógica, de saneamiento económico, equilibrio presupuestario y reconstrucción de unas cuentas muy castigadas.

Todo eso es necesario. Probablemente imprescindible.

Pero hay una pregunta que inevitablemente comienza a rondar por la cabeza del zaragocista: ¿nos están preparando para algo más que un año en el infierno?

Porque sanear un club y construir un equipo diseñado para ascender inmediatamente no siempre son objetivos fáciles de compatibilizar. Primera Federación es una categoría complicada, incómoda y llena de equipos que descubrieron demasiado tarde que bajar puede resultar mucho más sencillo que volver a subir.

La historia reciente está llena de ejemplos.

Por eso sería peligroso pensar que basta con llamarse Real Zaragoza, llenar La Romareda y sacar al campo un escudo con casi un siglo de historia para que la categoría se quede pequeña. El nombre no marca goles. Los ascensos no se consiguen en los despachos ni aparecen escritos en el presupuesto.

Se ganan cada domingo.

Y, paradójicamente, en medio del mayor desastre deportivo de las últimas décadas ha aparecido nuevamente lo mejor que tiene este club: su gente.

La respuesta de la afición resulta extraordinaria. Miles de zaragocistas han vuelto a abonarse cuando quizá tenían más motivos que nunca para quedarse en casa. Después de años de decepciones, promesas incumplidas y temporadas insoportables, la grada ha decidido hacer exactamente lo contrario de lo que podría parecer razonable.

Seguir.

La afición ha echado sobre sus espaldas el peso del escudo, del sentimiento y del orgullo de ser zaragocista. Como si quisiera recordarle a quienes llegan ahora que pueden cambiar los propietarios, los presidentes, los entrenadores y los jugadores, pero hay algo que permanece.

El Real Zaragoza sigue existiendo porque detrás continúa estando Zaragoza.

Esa fidelidad, sin embargo, no puede convertirse en una coartada. El apoyo de la grada no debe servir para rebajar la exigencia. Más bien al contrario. Quien recibe semejante respuesta de su afición adquiere una responsabilidad todavía mayor.

Dentro de unos días volverá a rodar la pelota.

Y ocurrirá lo de siempre. Bastarán dos victorias, un chaval que sorprenda, un delantero que empiece marcando goles o una tarde de fútbol reconocible para que volvamos a hacer cuentas, imaginemos celebraciones y nos convenzamos de que esta vez sí.

Porque también eso forma parte del fútbol.

Nos ilusionaremos.

Quizá necesitemos hacerlo.

Pero detrás de esa ilusión permanecerá una pregunta que acompañará al Real Zaragoza durante toda la temporada: ¿estamos viviendo únicamente un año en el infierno o acabamos de entrar en una etapa mucho más larga?

La respuesta ya no estará en los discursos ni en las promesas.

Estará sobre el césped.

Y dentro de unos meses sabremos si el zaragocismo ha conseguido salir directamente del infierno, si tendrá que pasar todavía una temporada por el purgatorio o si la condena que comenzó con aquel descenso resulta bastante más larga de lo que cualquiera quiso imaginar.

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